Unos ruidos extraños, irreconocibles me hicieron mover, daba vueltas alrededor de un eje persiguiendo mi cola, me sentía incomodo durmiendo en el piso de tierra. En esa fría y oscura cueva éramos muchos. El aire estaba saturado de alientos. No entendía bien donde estaba pero era como si hubiese estado toda mi vida. Sentía hambre viejo y sed incontrolables, pero seguí quieto como esperando lo fácil que no sucederá. Puedo percibir en mi cuello un hermoso collar que no me molesta.
Con las primeras luces empieza el movimiento en la cueva y con ello mi primera visión de mis acompañantes. Es una rara mezcla de tamaños, pelajes, colores y malos genios intentando cada uno de mantener su autoridad y espacio. Sólo los cachorros sacian su hambre o juegan despreocupados, el resto se incorpora y sale a empezar su día.
Trato de imitar sus rutinas y movimientos, nadie nos alcanza el alimento ni el agua, nadie nos saluda ni acaricia.
Nadie repara en mi, todos me conocen pero yo no me acuerdo. Un enorme macho de raza indefinida es obedecido e imitado, todos lo seguimos a través de un campo desparejo y pedregoso. El hambre se hace insoportable, sólo tomo un poco de agua estancada que la tierra se negó a absorber. Corro tras ellos adonde me lleven hasta que escapan pequeños roedores que al ser atrapados nos disputamos. El sabor es espantoso pero arranco un pedazo y me separo. Un poco a la distancia veo todo el grupo: somos como diez y nada dóciles. Nadie nos pasea ni nos controla, hacemos lo que queremos y lo que necesitamos, somos salvajes y hasta lo siento con orgullo, pero que hago yo aquí?
Seguimos avanzando, el sol nos incomoda y enfurece. Llegamos hasta un alambrado. A lo lejos un hombre camina pesadamente por un sendero llevando un cajón sobre el hombro. Olemos carne y nos abalanzamos sobre él sin darnos cuenta del arma que tiene en su cintura.
Corro desenfrenadamente entre los primeros como si lo hubiera hecho siempre. El jefe sorprende y ataca primero sobre el brazo que se defiende. El impulso logra voltear al hombre que se cubre en el suelo. Todos nos abalanzamos, mordemos y sacudimos frenéticamente. Ladridos y gritos se confunden, Muerdo su cara y siento su dolor pero además el olor me resulta familiar, imagino y recuerdo su sonrisa y sus retos, me detengo e intento que me mire, que soy yo que estuve perdido mucho tiempo. No me reconoce. Un estampido los espanta. Sólo yo quedo tirado a su lado, un calor y una paz recorre todo mi cuerpo. Ahora si que recuerdo ese pasado rutinario y feliz al lado de ese mismo hombre que me hizo quedar en el camino que tantas veces recorrimos juntos.
LARGO
martes, 6 de marzo de 2007
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